Marco, sentado en el alfeizar de la ventana de aquella habitación de motel, oteaba hasta allí a donde alcanzaba su vista, y supo que ella estaba llegando. La vio ataviada con su ya conocido abrigo largo y oscuro, con esas enormes gafas de sol que ocultaban su identidad y el cabello recogido en un diplomático moño a la nuca. Ella le vio, le dedicó una disimulada sonrisa e hizo su entra en el motel. En menos de cinco minutos abrió la puerta y la cerró tras de sí. Se deshizo el moño, dejando que su melena ondulada y oscura cayese en cascada por sus hombros y su espalda, y se quitó las gafas para que sólo él pudiese admirar esos ojos de un verde tan intenso como el de un bosque. Clara se deshizo del abrigo, de nuevo traía la ropa del trabajo, obviamente había estado trabajando hasta hacía poco, pero eso era un detalle sin importancia para lo que estaba a punto de suceder.
Se dejaron llevar por la pasión, por las caricias, por la atracción irremediable que sentían el uno por el otro. Poco después, Clara estaba acostada boca abajo con los ojos cerrados mientras Marco dibujaba corazones en su espalda con caricias, caricias que la hicieron sonreír como a él le gustaba. De pronto miró el reloj, y supo que había llegado la hora de irse, de que ella abandonase la habitación y él se quede con su aroma en su piel hasta nuevo aviso.
-No te vayas-le pidió abrazándola por detrás, interrumpiéndola cuando estaba poniéndose el sujetador y acicalándose la espesa melena.- No soporto ver que sales por esa puerta, no soporto saber que vuelves con él cuando sales de aquí, no soporto saber que él te toca cada noche después de mi.
-Tengo que irme Marco-le dijo ella. en su voz se hallaba la contrariedad, porque su mente le pedía que se fuera, pero su corazón le rogaba por quedarse.- Tiene que ser así, sabes que tiene que ser así.
Ella terminó de vestirse, igual que él, pero esta vez la despedida no fue tan fría como de costumbre. Esta vez Marco no dejó que se fuera sin antes agarrar su cintura, acercarla a él y besarla con suavidad, anhelo y tristeza.
-Te quiero-le dijo, Clara se puso rígida, pues era la primera vez que lo escuchaba de sus labios.Y aunque lo sabía desde hace tiempo, hasta que no se hizo material no se lo creyó del todo. No hasta ahora.- Sabes que te quiero desde hace mucho tiempo Clara, pero esto no puede seguir así. No puedo seguir compartiéndote con él, no quiero compartirte con nadie, porque sabes que me quieres a mi, y que has olvidado lo que sientes por él hace mucho tiempo.
-Marco, por favor... no lo hagas más difícil.
-¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué tienes que estar con un hombre al que no amas?
-Es mi marido.
-Y yo tu amante... Y cuando una mujer quiere más a su amante que a su marido... Debe replantearse si de verdad vale la pena seguir con esto.
-Marco sabes que no puedo dejarle... me mataría si lo hago...
-Yo te protegeré, y sabes que lo haré. Pero primero tienes que decidir. Porque yo no puedo seguir con esto.
-¿Estás diciéndome que quieres dejarlo?-inquirió ella-, ¿es eso? ¿quieres dejar de verte conmigo?
Silencio.
-Me voy-dijo al cabo de unos minutos Marco-. Me voy de la ciudad. He pedido el traslado al este, y me lo han concebido. Mañana cogeré un avión a Atlanta-la cara de Clara iba tornándose a una expresión horrorizada cada segundo que pasaba. Marco sacó unos papeles de su abrigo. Un billete de avión-, y tú puedes venir conmigo.
-Ir... Ir contigo... ¿a Atlanta?
-Piénsalo. El vuelo sale a las nueve de la noche-él acogió la cara de su amada entre sus manos y la besó-, y recuerda que nadie te querrá como yo.
Marco salió de la habitación y la dejó allí con sus pensamientos. ¿Desde cuándo su vida era tan complicada?... Ah sí... Desde que su marido se había vuelto un alcohólico y amenazaba con darle una paliza si hacía algo mal, aunque sólo fuese llegar dos minutos tarde a casa. Y ya se estaba pasando... Eran las ocho y media, y le había dicho que a las y veinticinco volvería de las "horas extra". Salió corriendo del motel, se montó en su coche y condujo lo más rápido que los límites de velocidad le permitían hasta su casa. La casa que había dejado de ser un hogar para ella. Vio el coche de su marido aun en la entrada, y decidió aparcar al final de la calle, para esperar a que él saliese como un desesperado celoso a buscarla por la ciudad. Mientras tanto, recordó cómo empezó Marco a ser su amante y sonrió.
Un ascensor. el ascensor de la empresa fue quien hizo la gracia. él era el nuevo secretario, ,y ella la vicepresidenta. Una mañana, el ascensor se averió con ellos dos dentro, y ella tenía claustrofobia. él la calmó... Y conforme iban pasando los días, se veían más y más, hasta que llegó un momento en el que hubo una reunión. Esta se canceló a última hora, y como si estuviese predestinado, los papeles de clara se cayeron de sus manos, Marco, tan caballeroso, se agachó a recogerlos a la vez que ella, y entonces se besaron, se unieron en un beso que ambos habían estado esperando hacía semanas. Clara vio una vía de escape.
Hasta que un día ella le entregó a él una nota, en donde le daba una dirección, un número y una hora. La dirección del motel, el número de la habitación y la hora de encuentro. y puntual estuvo él allí. En esa habitación habían ocurrido muchísimas cosas, muchísimos momentos únicos, muchas despedidas que no tenían por qué ser así, pero es que Marco ya se había cansado, porque él la amaba de verdad, y no soportaba que la tocase cualquier otro que no fuese él.
Pasaron las horas, y Marco tuvo que irse al aeropuerto. Aun no había tenido noticias de Clara, lo único que sabía era que no había ido al trabajo, y eso le preocupaba. Pero no podía hacer nada. ahora todo dependía de ella. Hicieron la llamada al embarque, y Marco estaba perdiendo toda esperanza de verla aparecer por la terminal. Llegó a la puerta de embarque, y echó un último vistazo al aeropuerto, pero no había ni rastro de Clara. Debería olvidarla, sería lo mejor. Tendría que conformarse, y olvidar a la que tenía claro que era el amor de su vida. No siempre sale todo como uno quiere, porque a veces el destino es malicioso y egoísta.
Iba por el túnel que llevaba hasta el interior de avión cuando escuchó que le llamaba.
-¡Marco!
Pero también hay veces que el destino te sonríe, y te entrega lo que más deseas.
Se dio la vuelta, un cuerpo se estampó contra el suyo, y descubrió que era Clara, que lloraba abrazada a él, y de pronto se encontró besándola ahí en medio. cuando se apartó, él mismo se dio cuenta de que también estaba llorando, y que lo salado del beso no era sólo culpa de ella.
-Has venido...-dijo incrédulo.
-Y esta vez no me iré... Te quiero Marco, te quiero...-susurró.
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