viernes, 29 de julio de 2011

Última Oportunidad

Capítulo 5. La verdad al descubierto


-¿Qué haces?-dijo Mel con cierto mareo en su cabeza-, bájame al suelo, puedo andar.

-Estás en medio de un ataque de claustrofobia-le recordó el moreno-, lo mejor será que te relajes.

-Bájame… Tú tienes que seguir.

Él la dejó en el suelo, ella se sentó y respiró aceleradamente, y Daniel en vez de irse se agachó a su lado y tocó su rostro, descubrió una ligera capa de sudor cubriendo el cuerpo de la rubia, ella se balanceaba de adelante hacia atrás. Gracias a sus conocimientos en medicina dedujo que Mel tenía todos los síntomas de un ataque de claustrofobia. Cogió su rostro entre sus manos, ella sintió el frío del anillo del chico en su mejilla.

-Mírame, respira hondo-le pidió, en cuanto ella serenó su mirada y la clavó en sus ojos, prosiguió-, ahora ciérralos, piensa en algún lugar donde seas feliz. Piensa en esa persona especial. Piensa en algo que te relaje.

Ella le hizo caso, cerró los ojos e intentó pensar en algo que la sacase de tanta frustración. Odiaba esa maldita enfermedad, se había metido a ese túnel con la esperanza de poder salir de la casa al final del mismo, y en cambio lo que habían encontrado era una sala subterránea parecida a un laboratorio de algún científico loco. Procuró no pensar más en esas cosas y su mente viajó a días anteriores, justo cuando el profesor de Literatura les había mandado a cada uno a leer frente a toda la clase un fragmento de alguna obra literaria que les gustase.

Cuando llegó el turno de Daniel, Mel se puso rígida en su asiento y se dio cuenta de que mientras él recitaba tan hermosas palabras, la mirada solamente a ella. Le gustaba que la mirasen, pero con él era distinto, porque su penetrante mirada la ponía muy nerviosa. Daniel se alegró de que Mel hubiera dejado de jadear y se hubiera tranquilizado un poco más, aunque tenía mucha curiosidad sobre qué estaría pensando ella al ver una pequeña sonrisa surcar sus labios. Miró hacia el hueco del techo, preguntándose qué estaría pasando en la casa, esperaba que nada malo para Josh y Sharon. Se sentó con un gruñido de cansancio en el suelo, y sintió que el mismo bajo su trasero se movía.

Una de las baldosas estaba suelta. Se apartó y la quitó, al escuchar el ruido del mármol Melanie abrió los ojos y miró a su lado. Daniel había sacado unos papeles que estaban ya acartonados y amarillentos por el paso del tiempo y empezó a mirarlos con la linterna para intentar averiguar algo. Uno de ellos era una noticia de periódico, decía algo de que estaban buscando gente voluntaria para algo que no se veía muy bien por las letras borradas, pero también hablaban de una recompensa económica. Lo siguiente que leyeron consistía en una carta que podía verse casi al completo. 

Dirigida a un tal señor Boyle y sin remitente, parecía la dimisión de una persona a algún asunto turbio, el hombre remitente decía que no quería seguir, que sería horrible y que era una locura. Y los demás papeles hablaban de cosas sin sentido. 

-Dios mío… ¿un experimento?-dijo asustada Mel al leer una carta. La claustrofobia había desaparecido casi del todo, había conseguido distraerse con los papeles.

Más arriba, dos jóvenes enzarzaban sus lenguas en una lucha incesante, sus cuerpos acalorados se movían el uno sobre el otro, ella rozaba su sexo en el de él, ambos únicamente separados por las finas telas de sus ropas interiores. Él se sentía en la gloria, ansioso de que sucediese ya, ella ya había hecho esto muchas veces, pero ahora era distinto, porque alguien la acariciaba con amor. Cuando los labios de Josh bajaron por su garganta, ella sacó su miembro de sus calzoncillos, echó a un lado el tanga y metió poco a poco su miembro en su interior. La cara del moreno fue todo un poema.

Sus labios entreabiertos, sus ojos cerrados, disfrutando, sintiendo una nueva sensación, estremeciéndose ante lo que estaba pasando. Sentirla así era estupendo, maravilloso, mágico, especial… Indescriptible. Ella empezó a moverse de arriba abajo, poco a poco, despacio, mientras sus labios volvían a rozarse. Ella ahogó sus gemidos para que nadie les escuchase, y prosiguió con el acto. Las manos de Josh se posaron en las caderas de la muchacha, acompañándola en el movimiento. Al rato, una sensación de placer sin fin llenó sus cuerpos, y Sharon apoyó su cabeza ene l pecho del moreno.

-Ha sido increíble…-murmuró él después de besar la frente de ella. 

Ella no fue capaz de describirlo con una sola palabra. Después de eso se levantó rápidamente, el tiempo que les había dado George estaba al acabarse. Se recompusieron la ropa, cada uno estaba a un lado de la habitación, alejados, pensando, recapacitando los sucesos. Estaban en su lecho de muerte, claro que sí, pero habían sacado algo positivo. Se miraron un instante, y a los dos segundos estaban fundidos en un fuerte abrazo, ella con su cabeza apoyada en su pecho, él con la suya en su coronilla, ambos con ganas de llorar, y no pudieron soportarlo más. 

Lloraron en silencio y sin apartarse. Este sería su final, lo tenían asumido. Escucharon al puerta abrirse de golpe, pero no se giraron, les dio igual. 


-Qué enternecedor…-se mofó el hombre.- ¿Vais a decirme dónde están esos dos?-inquirió. Los chicos le miraron sin separarse, él con sus brazos alrededor de ella otorgándole protección.- Por última vez-pudieron ver cómo la vena de su cuello se hinchaba poco a poco-, ¿dónde están?

-No lo sabemos-dijo Josh con voz débil.

-No tenemos ni idea-corroboró al chica.

George estaba furioso. Respiraba con fuerza cuando se acercó a los adolescentes y agarró por el brazo al chico, intentando apartarlo de ella. Sharon se horrorizó, no quería que lo matasen a él.

-¡No!-gritó-, ¡No, mátame a mí!-vociferó con voz rota por el llanto aferrándose al brazo de Josh.

Él se sorprendió por la efusividad de la chica, pero sabía que ya no tenía escapatoria. George clavaba sus dedos en el brazo del muchacho con una fuerza sobrehumana, y en ese momento Josh se preguntó por qué tenía los ojos negros, pero rodeados por unos destellos rojos que atemorizarían hasta la fiera más peligrosa. ¿No sería humano? El hombre consiguió apartarlo de ella a pesar del forcejeo, y ya iba por la puerta cuando la miró, una lágrima resbaló por uno de sus ojos cuando articuló un "te quiero" con sus labios, tras de él al puerta se cerró con estruendo y Sharon se estampó contra ella. 

Le dio puñetazos, lloró, gritó, descargó su ira y desprecio contra la madera de la entrada, y se dejó resbalar hasta el suelo, destrozada de dolor. 

Daniel y Mel volvieron a andar, después de dejar las cartas y recortes de periódico en su sitio y con fuerzas renovadas por el descanso. Mel alumbró de pasada algo con la linterna, luego volvió atrás parando a Daniel por el brazo. Lo que había alumbrado parecía un pasadizo que ascendía, hecho de escalones de piedra, y que no muy lejos de donde se encontraban, terminaba en una puerta. Se miraron y sonrieron. Llegaron hasta la puerta y descubrieron que era muy antigua. Tuvieron que usar toda su fuerza para poder moverla, y cuando consiguieron desplazarla unos centímetros, se dieron cuenta de que había un candado oxidado muy grande impidiendo que se abriera más. 

-Mierda…-murmuró Mel-. Tiene que haber algo para abrir esto.

El chico llevó su mano al bolsillo trasero de su pantalón y sacó algo; una navaja. Se agachó y se puso a abrir el candado con el arma blanca. Pero por más que lo intentaba este no cedía.

-Es muy antiguo, me pregunto desde cuándo estará este laboratorio aquí abajo.

-Seguro que desde los años treinta o algo así…-sopesó la rubia.

Daniel se alejó un momento volvió en seguida con un pedrusco puntiagudo. Le dio varias veces al candado, pretendía romperlo. Su sorpresa fue que lo consiguió. Él y Mel se miraron aliviados, siguieron empujando la puerta y esta se abrió, por allí se sentía el viento correr. Doblaron la esquina del pasillo rocoso y se encontraron con una trampilla metros más arriba, de nuevo unas escaleras como las anteriores, pero la trampilla estaba puesta en el techo. 

-¿Has traído esa piedra?-preguntó Mel.

Daniel se adelantó y le dio de nuevo al candado que cerraba esta, pero esta cedió sin muchas complicaciones. Subieron hasta salir a la superficie, Mel respiró el aire húmedo, y sintió gotas de lluvia caer sobre su rostro y cuerpo, pero eso le importó bien poco. Se giró para saber de su paradero, descubriendo así que se hallaban a unos metros de la casa, ocultos tras la Hummer de la chica y el coche de Daniel. Al fin estaba fuera, ya no estaba encerrada, y podía respirar tranquila. Extendió los brazos y miró al cielo, sintiendo cómo su ropa se mojaba por la lluvia y sonriendo. Daniel la observaba desde su posición, apoyado en la furgoneta y con fascinación en la mirada. Estaba hermosa. Sí, preciosa a pesar de que el lápiz de ojos se le había corrido, hermosa sin importar que estuviera sucia de polvo.

Mel dejó de girar sobre sí misma para fijarse en el chico que estaba parado a unos metros de ella, con sus cabellos cayendo a ambos lados de su cara. Daniel tenía el pelo mojado, cayendo sobre sus claros ojos que la acechaban como dolorosos puñales azulados y penetrando en lo más profundo de su alma. Corrió hasta él sin pensar, arrojándose a sus brazos, él la rodeó con sus brazos, cargándola con las piernas enroscadas en su cuerpo, sus rostros más cerca de lo que nunca habían estado, sus labios ansiosos de probar los que nunca habían probado.

Y finalmente sucedió, pero no fue suave, sino desesperado. Sus lenguas se enredaron con pasión, sus labios se movieron de manera voraz y en sus mentes se nublaba la idea de que existiera nada más que la persona que estaban besando en el mundo. El beso duró largo rato, disfrutaron el contacto, pero sus pulmones les pedían un descanso y su dosis de oxígeno, muy a su pesar tuvieron que separar sus labios, pero no por eso sus rostros tenían que alejarse más de dos centímetros. 

-No sabes cuánto tiempo llevo deseando hacer esto-dijo Daniel. Mel solo pudo sonreír y volver a besarle con ansias y ardor.

Josh miró con horror, arrinconado en una esquina de la habitación, cómo el cuerpo de George se convulsionaba ante la puerta. La habitación a oscuras, la única luz erala del pasillo y le daban un aspecto más fantasmal. El cuerpo del hombre creció, y en menso de una fracción de segundo ya estaba ante Josh.

-¿Qué eres?-dijo temeroso el muchacho.

Porque lo que se encontraba ante él no era un hombre, no, para nada… Era algo más. Sus ojos ahora eran rojos como los de una bestia rabiosa, su piel se había cubierto de pelo oscuro como la noche, su rostro había cambiado a ser más afilado y sus manos y pies se asimilaban más a unas garras que a otra cosa. Su altura había crecido, ahora a Josh no el quedaba ninguna duda. Fuera lo que fuera, desde luego no era nada humano. La bestia dio un gruñido gutural, y Josh cerró los ojos justo a tiempo para que la cosa usase sus garras y le rajase la garganta como si estuviese cortando mantequilla con un cuchillo de mesa. Para Josh la ficción siempre había sido alucinante, pero al final de su vida se dio cuenta de que la realidad la supera con creces. 

Sharon estaba desesperada, por más que lo intentaba no podía salir de esa maldita habitación para salvar a Josh. Escuchó un grito desgarrador, saliendo de lo más profundo de su voz, de pronto se apagó. No se escuchaba nada. Intentó serenarse, pero lo primero que pasaba por su cabeza era pegarle porrazos y patadas a la puerta, como si eso fuera a solucionar algún problema. Fue hasta la ventana, si habían matado a Josh, ella tendría que escapar. No quería morir. Se encaramó a al ventana, y justo cuando consiguió abrirla y sentir la lluvia en su rostro, unas manos la agarraron por detrás y la introdujeron de nuevo en la habitación. Ella gritó y pataleó con fuerza, pero lo único que consiguió fue cansarse más.

George la llevó en volandas hasta el piso inferior, al salón. La depositó en el sillón. 

-Cálmate-le pidió el hombre unos minutos después.

Ella paró de berrear y le miró desconcertada y cabreada.

-¡Que me calme! ¡Tú, asqueroso hijo de Puta, acabas de matarle, eres un maldito asesino y encima quieres que me calme cuando estoy en una habitación encerrada contigo!-gritó furiosa, él permaneció inerte-. Vas a matarme, lo sé, ¡Pero al menos quiero una explicación! 

George se desternilló de risa unos momentos.

-Una explicación… ¿es que acaso estás en posición de pedir una? A mí me parece que no.

-¿Y qué más te da? ¡Vas a matarme igual!-dijo ella llorando-, me llevaré tu puto secreto a la tumba, ¿te parece suficiente?

Él suspiró y se repantigó en el sofá, con la pistola en su mano.

-De acuerdo… ¿Qué quieres saber?

-¿Quién coño eres?

-George.

-¿En serio te piensas que soy estúpida? ¡Quiero tu nombre real!

-Me llamo Darrel Witlock.

-¿Por qué has matado a esta gente?

-Esa respuesta es un poco más… extensa-dijo con una siniestra sonrisa en sus labios.

-Como comprenderás tengo todo el tiempo del mundo.

-Todo empezó en 1930. Mi mujer, mis hijos y yo estábamos pasando por un mal momento económico, y yo había oído hablar de que había unos científicos que pagaban muchísimo dinero por hacer de conejillo de indias por una cantidad enorme de dinero. Así que contacté con ellos, y me dijeron que tenía que ir a una dirección, allí me informarían. Me contaron que era una pequeña transmisión de ADN sin importancia, sólo para comprobar si pasaba lo mismo con los humanos que con los animales como las cobayas. Así que me ofrecí. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que pisé esta casa. Tenía cuarenta años, había dejado a mis hijos con mi mujer, prometiéndoles que volvería al día siguiente. Los doctores Collins y Boyle me recibieron con gran alegría, a mí y al resto de gente que se había ofrecido por tal cantidad de recompensa. 

>>Nos suministraron el ADN en el cuerpo, tendríamos que quedarnos durante diez horas en este lugar para ver si causaban los efectos esperados. Pero el experimento salió mal. Nada salió como los científicos esperaban, al menso no con nosotros, con los que experimentaron ese veinticuatro de Agosto de 1930. Nada tendría que haber salido como salió. Se suponía que los ADN de los lobos y los humanos no eran compatibles, que si los mezclaban nada sucedía, pero se equivocaban. Nos produjo una mutación hasta llegar a convertirnos en bestias durante unas horas, y luego volvíamos a nuestra apariencia normal. Se podría decir que somos hombres lobos, pero lo correcto sería llamarnos "aberraciones a la naturaleza". Así pues, ellos empezaron a matarnos, puesto que no les seríamos: éramos experimentos fallidos. Pero yo escapé. Huí sin saber muy bien lo que me sucedía, me escondía en los bosques para no dañar a nadie, porque al cambiar de aspecto no tenía consciencia de lo que hacía.

>>Había olvidado de dónde venía, había olvidado quién era por culpa de esos malditos científicos, pero cuando el tiempo pasó lo recordé, lo recordé todo. Volví a donde vivía para ver si ellos habían cumplido con su parte del trato, obviamente no iba a acercarme a mi familia, sólo miré de lejos. Y vi cómo desalojaban a mi mujer y mis niños de la casa. En ese momento sentí rabia e impotencia, pero decidí vengarme, decidí aprender a controlar esta rara enfermedad que me habían implantado y luego usarla en su contra-sonrió-, no es la primera vez que mato a alguien de su descendencia, guapísima… 

-Pe… pero…-Sharon estaba perpleja, y también lo estaban Mel y Daniel, que escuchaban bajo el alféizar de la ventana la increíble historia de Darrel Witlock-, si tenías cuarenta años en 1930, ahora deberías tener…

-121 años, sí. Se me había olvidado mencionar que también me dejaron congelado en el tiempo.

-¿Y por qué nos matas a nosotros?

-Porque nadie puede saber que he estado aquí… Absolutamente nadie puede enterarse de que sigo vivo, me matarían, y yo no voy a permitir eso… Tú tampoco.

Se alzó en pie, tiró la pistola hacia el sofá y Sharon vio ese destello rojo en sus ojos, luego vio la furia que se desataba desde el interior de Darrel, y poco después un grito se escuchó en los alrededores de la misteriosa casa, un lugar que ocultaba un gran secreto, muchas muertes y dos destinos por sellar: los de Mel y Daniel.

lunes, 11 de julio de 2011

Última Oportunidad

Capítulo 4. Carpe diem

-Lo que nos faltaba-replicó Josh-, un pasadizo secreto. 

Y en ese momento se escuchó un grito desgarrador. Todos se asustaron, uno de ellos se desesperó al saber de quién provenía. Mel se apresuró a parar a su amigo, totalmente dispuesto a tirar la puerta abajo si hacía falta, y todo con tal de salvarla ahora. Se dejó de escuchar grito alguno y todos se temieron lo peor. Josh no quería pensarlo, no quería imaginarlo si quiera. No podía estar pasando esto. Otro alarido se escuchó, más débil y cercano, luego un golpe contra la pared, unas palabras insultantes seguidas del ruido de las llaves entrando en la cerradura y un cuerpo con vida arrojado en la habitación. Mel se apartó del lado de Josh y él fue corriendo al encuentro de la morena. Sharon estaba tirada en el suelo boca abajo, Josh la giró y pudieron ver que tenía la ropa descolocada y manchada de una sustancia oscura. George no había cerrado la puerta, estaba apoyado en el marco de la misma observando divertido la escena. 

-Iba a portarme bien con ella-dijo con aire inocente-, pero se ha resistido, no me ha hecho caso y encima ha intentado partirme un jarrón en la cabeza-bufó-, como si eso fuera suficiente para matarme.

Entonces cerró la puerta y los dejó allí de nuevo, con el des cubrimiento del pasadizo, a la espera de una explicación por parte de Sharon.

-¿Qué te ha hecho ese desgraciado?-preguntó Josh. Le temblaban las manos.

Sharon estaba llorando, pero no de miedo, sino de rabia. Estaba enfadada, se sentía humillada.

-Me ha obligado a quitarme la ropa delante de él claramente con malas intenciones… Y como me he negado sacó su pistola. Fue un momento al baño, y cogí un jarrón para intentar hacer algo, pero fue inútil. Ese capullo me ha visto venir, esquivó el golpe y me dio un cachetón. Luego enfureció… No sé… fue todo muy raro… auch…-se quejó tocándose la frente. Tenía una pequeña raja-. Luego de eso me sacó al pasillo y me estampó contra la pared.

-Maldito asqueroso-murmuró Josh por lo bajo, Sharon hizo oídos sordos a esto. No entendía por qué le afectaba tanto. Normalmente ellos no se llevaban a las mil maravillas. De hecho, nunca se habían llevado más allá de unas pocas palabras. 

- Ahora tenéis que contarme qué demonios es eso-dijo ella señalando el pasadizo.

Entre los tres intentaron explicarle lo poco que habían descubierto, y Sharon tenía las mismas dudas que ellos. Fue al baño de la habitación y se lavó la cara para despejarse, cuando estuvo de vuelta encontró a los demás hablando en susurros.

-¿Qué discutís?

-Tenemos que entrar a este túnel-dijo Mel-, lo hemos echado a suertes y me ha tocado a mí.

-No vas a ir sola-replicó Daniel-, yo iré contigo.

-No podéis meteros en ese túnel para ratas sin saber qué os encontraréis. Por lo que habéis encontrado esta casa es muy vieja y ese túnel podría no aguantar vuestro peso y desplomarse-dijo Josh totalmente en desacuerdo con el plan. 

-Correremos el riesgo, hay que encontrar una forma de escapar de aquí-dijo Mel.

-Y si no encontramos pronto el fin del pasadizo volveremos en seguida-aseguró Daniel. 

Los chicos se quitaron las chaquetas y los jerséis para permitirse una mejor movilidad y rebuscaron en los cajones y escondrijos de la habitación algo que les pudiera ser útil en un lugar tan reducido y oscuro. 

-Tened cuidado-dijo Sharon-, no os arriesguéis.

-Tranquila, estaremos de vuelta pronto y os sacaremos de aquí-dijo Daniel.

Se acercó a ella y la besó en la frente justo antes de darle un abrazo. Mel abrazó a su amigo, este tenía los ojos clavados en Daniel y Sharon, claramente celoso, unos celos que había escondido durante años y años, y que era hora de que salieran a flote.

-Es tu oportunidad-le dijo Mel al oído-, ahora que nuestros caminos van a separarse no sabemos qué va a pasar. Intentad cubrirnos, pero sobre todo, tienes que aprovecharlo como si fuera tu última oportunidad. 

-No va a serlo… Se lo diré, saldremos de aquí, y entonces conseguiré su corazón-contestó Josh en un susurro.

Mel no contestó a esto. No estaba tan segura de ello. Le dio un beso en la mejilla a Josh, y justo a su lado, Daniel y Sharon mantenían otra conversación privada.

-Cuídate ahí dentro-le pidió ella-, ya tengo asumido que para ti solo soy una amiga, pero se dé una que te trae loco.

-¿Piensas en esas cosas en momentos así?-dijo él sin negar las palabras de Sharon.

-Pienso en que has malgastado demasiado tiempo callándote lo que sientes.

Se separaron y se metieron en el pasadizo, primero Daniel, y luego Mel. Cuando ya no se les vio por ningún lado, Sharon y Josh pusieron un cuadro para cubrir el hueco de la pared y se cruzaron de brazos ante este, ella impaciente por que algo sucediera, él impaciente por revelar sus sentimientos.

-Sharon, tengo algo que decirte.

-Habla entonces-le dijo ella con una sonrisa tensa.

-Puede que este no sea el momento, definitivamente, este no es el momento para una cosa así. Pero hay algo que llevo mucho tiempo callando, y ahora que estamos encerrados en esta casa, y puede que hasta muramos aquí, no pienso irme a otro mundo sin antes contártelo.

-¿Por qué no vas al grano?-replicó ella con esa expresión airada que a él tanto le gustaba. Josh se obligó a tomar aire.

-Cuando ese tipo te llevó con él y me imaginé lo que quería… Me volví loco. Y cuando te escuché gritar… Sentí que quería atravesar las paredes a puñetazos para encontrarte donde quiera que estuvieses en este maldito lugar. Y es que…

Ella no entendía nada, quizás los golpes que George le había dado en la cabeza le habían desajustado algo en el cerebro. La puerta se abrió de manera estridente, el hombre entró con expresión seria, escrutó la habitación con su oscura mirada y luego la clavó en los chicos.

-¿Dónde están?

-¿Quiénes?-preguntó Josh.

-¡No te hagas el imbécil!-vociferó dándole un puñetazo que le reviró la cara.- ¿Dónde coño están esos dos?-volvió a preguntar, esta vez más amenazante.

-No lo sabemos-dijo Sharon.

-¿Me tomáis por gilipollas?-inquirió. Se acercó a ella y con rapidez la agarró de sus oscuros cabellos, jalándole. La morena liberó el alarido que había aguantado varios segundos por hacerse la fuerte-. ¡DECIDME AHORA MISMO DÓNDE ESTÁN!

-¡Suéltala!-gritó Josh dándole un puñetazo en la boca. George la soltó y él se encargó de recogerla del suelo-, ¡Te hemos dicho que no sabemos dónde coño están! ¡Déjanos en paz!

Se vio cómo el pecho del hombre bajaba y subía a un ritmo frenético, y poco a poco iba menguando su rapidez para convertirse en una respiración calmada que dio miedo.

-Voy a dejaros una hora para que reflexionéis… Es más, os aseguro que si me lo decías, no saldréis muertos de aquí ninguno de los dos.

No hablaron, no iban a hacerlo por nada del mundo. George cerró la puerta de manera estridente y volvió a dejar solos a los adolescentes con el miedo impregnado en sus cuerpos y unas palabras por decir. 

-¿Te ha hecho mucho daño?-preguntó Josh.

-Termina, di lo que antes ibas a decir-le pidió-. Ese hombre vendrá en una hora para matarnos… No querrás irte a la tumba con algo por decir.

Josh se debatió con su propio interior entre si valía la pena que ella lo supiera por si salían con vida, o si por el contrario la valía el hecho de que iban a morir. Y sin saberlo ellos, unos metros por debajo había dos personas. Una de ellas iba delante, la otra detrás, ambos arrastrándose como las serpientes por un pasadizo que cada vez se inclinaba más hacia delante, como si tuviese pendiente, y se hacía más arenoso cuanto más se adentraban en él. Se habían llevado una pequeña linterna pero tampoco les ayudaba a ver mucho más allá. Sentían una suave y casi imperceptible brisa que chocaba con las partes descubiertas de sus cuerpos.

-¿A dónde llevará esto?-preguntó una voz masculina. La chica resopló.

-No tengo ni idea.

Y llevaban diez minutos preguntándose lo mismo. Se esmeraban en seguir arrastrándose por el túnel que parecía no tener fin. Se planteaban volver, pero luego se convencían de que debían seguir adelante. Y luego estaban sus pensamientos. Porque aparte de temer por sus amigos de la habitación, por sus propias vidas y sus destinos, el pensamiento de que posiblemente el otro fuera la última persona que vieran antes de morir les traía de cabeza. Mel sintió cómo el piso cedía al peso de su cuerpo por unos segundos: el conducto se tambaleaba. 

-¿Lo has sentido?-preguntó ella. 

-Sí-corroboró Daniel-, aun no te has vuelto loca.

Reanudaron la marcha y entonces el túnel volvió a moverse, esta vez más fuerte, hasta tal punto que los jóvenes se sintieron caer y gritaron sin descanso. ¿Dónde caerían? Ellos descendiendo, los otros nerviosos mientras Josh intentaba que las palabras salieran de sus labios.

-Lo que quiero decirte es… que he sido un estúpido por callarme que me gustas tanto tiempo. Sé que tener a tantos chicos a tus pies es normal para ti y que somos muy distintos pero… me gustas. Y… No me da vergüenza ni miedo decirlo. Siento que esta es la última oportunidad que tengo, y que si no te lo cuento ahora… exploto.

-Josh…-dijo Sharon asombrada después de un silencio. Mil pensamientos cruzaban su mente, y Josh empezó a tener miedo. 

-¡Mierda!-dijo él llevándose las manos a la cabeza y caminando hasta el baño-. No tenía que haberlo dicho. Sabía que la alternativa de llevármelo a la tumba hubiera sido mejor… ¡Ag qué más da! ¡Vas a morir igual, Josh! ¡Esta situación me tiene harto, me saca de quicio!

-¡Eh!-intervino la morena agarrando su rostro entre sus manos-, ¡Para ya! No vayas a ponerte histérico ahora. La has cagado con tu desesperación…
Porque hasta hace nada eran las palabras más bonitas que nadie me había dicho nunca. Sí, estoy acostumbrada a que los tíos vayan detrás de mí, pero no de la Sharon de verdad, sino de mi cuerpo. 

-Pero yo a ti no te gusto, ¡somos muy distintos! Y encima te toca morir a mi lado…

-Te equivocas.

-¿Cómo?-Josh no podía dar crédito a sus oídos.

Mel sintió el duro suelo chocar con su espalda. Tosiendo sin parar se alzaron en pie, y cuando el polvo se disipó, Daniel alumbró con la linterna hacia su alrededor. Varias sombras proyectadas por objetos cuadrados se hicieron visibles, a la vez que la luz atravesaba unos botes de cristal y unos utensilios la mar de curiosos que colgaban del techo. 

-¿Dónde demonios estamos?-preguntó Daniel en un susurro, temeroso de que su raptor pudiera escucharles o algo similar. 

Mel no contestó porque tampoco tenía ni idea de ese dato. La rubia encendió su linterna y ambos empezaron a explorar el lugar con sumo interés, más en busca de una salida que otra cosa. Ella solo encontraba estanterías abarrotadas de botes que parecían contener alguna sustancia muy antigua. Todo lleno de mucho polvo y en el suelo… arena. Sí, arena en el centro de Estados Unidos, arena de playa. No podía dar crédito a sus ojos, en realidad ya no podía pensar nada con claridad. 

Daniel por su parte, veía a momentos lo mismo que Mel, pero a ello se sumaban unas especies de camillas con correas, varas de metal que colgaban del techo y otras cosas extrañas. Había también unas tijeras de podar que parecían oxidadas, divisó también la silueta de bisturís, agujas, algunos botes de plástico con etiquetas ilegibles… y el moreno tuvo la sensación de que se encontraban en el laboratorio del instituto. De repente se escuchó un rito que interrumpió el abrumador silencio y Daniel fue corriendo al encuentro de la chica. 

Se la encontró sentada en el suelo, apoyada en una pared y mirando algo que se encontraba justo frente a ella, dentro de un armario de dos puertas de madera desgastada por polillas y el paso de los años. Lo que había visto era un mono con una expresión de completo terror dibujada en su rostro. Pero el animal estaba muerto, más acertadamente; disecado. No se imaginaban qué podría hacer un mono disecado en un lugar como este, y tampoco llegaban a imaginar qué podría ser este sitio.

-Cálmate, por Dios… nos va a descubrir-dijo él. 

-No sabe dónde estamos-replicó temerosa Mel, aun temblando del susto.

-Pero como hagamos escándalo va a enterarse.

-¿Y tú que sabes si este sitio está cerca de la casa? Ya nos hemos arrastrado bastante como ratas por ese maldito tubo, me parece que tenemos que estar lejos… O muy abajo… 

-¿A qué te refieres?

-¿Ves acaso alguna ventana por aquí? ¿O algún sitio por donde entre la luz del día? Eso es porque estamos en el subsuelo y ese conducto que nos hemos cargado era el de ventilación. Y la pregunta es ¿cómo saldremos de aquí? Porque no quiero morir porque ese pirado me mate, pero tampoco de deshidratación.

-Tiene que haber una forma de salir de este lugar, no quiero morir, solo tengo diecinueve años.

-¿Diecinueve?-inquirió ella-, ¿no tenías dieciocho?

-Que tu tengas dieciocho y estemos en la misma clase no quiere decir que yo los tenga también.-Mel asintió lentamente.

Sentados en el piso sin esperanzas de encontrar nada que les revelase algo y en silencio, cerraron la puerta del armario donde se encontraba el mono y empezaron a devanarse los sesos. Tenía que haber algo que les sacara de ese sitio, pero… ¿el qué? Daniel no aguantó estar sentado y prefirió seguir explorando la estancia. No era un sitio muy grande, tendría aproximadamente las medidas de una cancha de baloncesto, pero tanto cachivache lo hacía ver un lugar realmente pequeño. El chico escuchó una risa proveniente de Mel y se giró hacia ella. La rubia le seguía de cerca y él no se había dado cuenta.

-¿Qué te causa tanta gracia?-inquirió-. A mi no me parece gracioso lo que nos está pasando.

-A mi tampoco, lo que me parece gracioso es que justo me esté pasando contigo. Y pensar que no tenía ganas ni de verte la cara-suspiró.

-Yo tampoco pensé morir contigo, pero qué se le va a hacer...

Se sonrieron en la oscuridad y siguieron buscando algo que les fuera de utilidad. Daniel alumbró un cuadro, habían varios, y el que ahora estaba viendo era una especie de telegrama que rezaba:

Phill Collins Waterdalley, 

Le entregamos este diploma para 
condecorarle por sus descubrimientos y ayudar a la comunidad 
científica a avanzar. 

Atentamente;
Max Born


-¿Para qué le habrán dado al tal Phill Collins un diploma?-inquirió harto de tantas preguntas Daniel.

Josh seguía sin creer lo que había escuchado. 

-No me importa morir a tu lado-repitió Sharon con una pequeña y sombría sonrisa asomando sus labios-. Porque es muy agradable que a alguien le gustes por como eres.- Se quedaron en silencio un rato más. Josh se había sentado en una silla, y Sharon seguía frente a él de pie. La chica se acuclilló y posó con suavidad su mano derecha en su mejilla, consciente de que el tiempo apremiaba y de que el hecho de que iban a morir era inevitable-. ¿Te han besado alguna vez?-preguntó como quien no quiere la cosa. 

Josh la miró desconcertado y con lágrimas a punto de salir de sus ojos. Descubrió que ella estaba igual. En sus mentes se arremolinaban ideas, pensamientos, locuras que en cualquier otro momento hubieran dicho que no eran posibles pero que ahora se convertían en realidad. 

-No-resp0ndió en un susurro.

-Y supongo que aun no has...

-No, eso tampoco.

Ella sonrió a pesar de la lágrima que resbaló por su mejilla.

-Nadie merece morir sin un beso-respondió Sharon.

Cuando él alzó el rostro vio que estaban muy cerca, más cerca de lo que nunca pensó tenerla. Ella lo miró a sus ojos directamente, como pidiendo permiso, entonces se aproximó lentamente a sus labios y los posó sobre los de él. Sharon pensó que no obtendría respuesta, mas se equivocó, porque no muy en el fondo él la deseaba con todo su corazón y la imitó. Depositó un tímido e inexperto beso en sus labios, ella se sorprendió pero respondió gustosa. No sabía qué tenía ese chico, pero su dulzura la envolvía en un halo de luz dentro de tanta oscuridad.

Cuando Josh quiso darse cuenta, se estaban besando apasionadamente. La morena se levantó poco a poco y se sentó a horcajadas sobre el regazo del chico, él pasó sus manos por la parte baja de su espalda mientras ella se agarraba a su cuello . La lengua de Sharon se adentraba en su boca con la maestría que le faltaba a él, pero eso no importaba ahora, solo las ganas que tenía de besarla... y de hacerla suya. No quería perder el tiempo como llevaba haciendo tantos años, no quería soltarla ahora que por fin la tenía. Su corazón latió desbocado cuando sintió que sus manos se adentraban en su camiseta y tocaba su piel tibia con sus frías pero suaves manos, parecía el excitante tacto de una pluma. 

-No puedo callarmelo más Sharon...-murmuró contra sus labios.

-¿Qué no puedes callarte?-preguntó contra el oído del chico con una voz muy sensual.

-Que llevo enamorado de ti toda mi vida.

Sharon dejó de juguetear con el lóbulo del chico y se separó apenas dos centímetros para sonreirle y volver a atacar sus labios. Nunca le habían dicho nada parecido, y aunque Daniel había sido lo más parecido a una situación seria que ella había tenido, sabía desde siempre que él estaba loco por Melanie. Y ahora que el tiempo les corría cuenta y no dejaba de pasar, había que aprovechar la última oportunidad.

-Me gustas mucho...-murmuró-, pero no sé si puedo llamarlo amor.

Ahora el que sonrió fue él, con una seducción que no era propia de él.

-No te preocupes... Eso ya es mucho para mí.

Él se abalanzó sobre los labios de la chica, devorándolos sin pausa. Movió su lengua contra al de ella con parsimonia y sincronización. Sus manos acariciaron cada parte de la anatomía de la chica y ella se sintió como nunca. Se sintió especial. Sintió que finalmente alguien la tocaba por amor, no por interés. Ambos supieron que iba a pasar... ¿y quién podía impedírselo? Nadie.

Mel trató de respirar para tranquilizarse y recordar que no estaba sola. Pero luego recordaba que estaba en un sitio donde el espacio era limitado y la única fuente de oxígeno era un conducto de ventilación roto. Su pecho subía y bajaba con rapidez, cada segundo que pasaba ase aceleraba más.

-¿Qué te sucede?-preguntó Daniel acuclillándose a su lado.

-No... no puedo... respi... respirar...

-¿Y qué quieres que haga ahora?

-¡Pues no preguntes!

-Ah para decir eso no te faltaba respiración...-dijo con su característico cinismo.

-Te odio...-murmuró con cierta dificultad.

-Yo se que en el fondo me amas.

A Mel casi se el sale el corazón del pecho, vio la risa en la cara de Daniel y entonces supo que estaba bromeando. Daniel observó que la cara de la rubia se empalidecía por momentos.

-Eh... no te pongas mal, que era una broma.

-No es por... ti idiota.

-¿Eres claustrofóbica?-preguntó después de relacionar los hechos.

-Sí... no soporto los sitios cerrados... Me agobian.

Daniel puso los ojos en blanco y la cogió en peso, acercándose a su rostro disimuladamente. Mel no enfocaba lo que pasaba, solo fue consciente del hecho de que su cuerpo se elevaba del suelo.