Corriendo bajo la lluvia, sin importarme si me calaba hasta los huesos, si me resbalaba o si se manchaba de barro mi largo vestido, recordé algunas de las cartas que él me había escrito. Las lágrimas bañaban mi rostro, y al mezclarse con la lluvia nadie podría darse cuenta de que estaba llorando. Y nadie había en la calle para averiguarlo.
7 de marzo de 1956
Hola amor mío. ¿Cómo estás? Yo no tan bien como debería a pesar de
que aquí me tratan como un rey. ¿Sabes por qué no estoy bien?
Por que te extraño. Ansío poder verte, besarte abrazarte como hace tanto
que no hago... Todo parece nada sin tí, te recuerdo en cada cosa que veo,
siempre me pregunto si te gustará o no, si te agradará o todo lo contrario.
Te amo vida mía.
Siempre tuyo, Adal.
9 de Agosto de 1956
Mi vida, ¿por qué no me contestas? Te he mandado una carta cada día de
cada mes que eh pasado sin tus besos, y no he recibido respuesta alguna.
Tu sabes que eres lo más importante en mi vida a pesar de lo que diga mi tía
Gertrudis. Yo te amo a tí, y no a Isabelle, la mujer con la que me han
comprometido el mismo día que me fui. Te ruego que contestes esta carta
dulce Eva, y no olvides que siempre estarás en mi corazón.
Adal.
25 de enero de 1957
¿Es que te has enfadado por la situación en la que estamos? Eva mi vida, prometo
que la dejaré, no me casaré con Isabelle, ni aunque mi vida dependiera de ello.
A la única musa que quiero y tengo en mis pensamientos eres tú. Me he equivocado
al irme, y de verdad o siento, no puedo perdonarme a mi mismo por haberte abandonado
aun en contra de mi voluntad. Amada mía te ruego y perdones mi equivocación.
Te amará siempre, Adal.
7 de marzo de 1957
Un año. Un año en el que te he mandado cartas siempre, ¿por qué no me respondes?
¿Es que quieres vengarte de mi usando mi agonía como arma mortífera? Oh Eva, si es
así dímelo y yo mismo me clavo una daga en el corazón, por que nada me dolería
más que tu desprecio. Si aun sigues sintiendo algo por mi, nos veremos el 12 de junio
en el lugar de siempre. A la misma hora.
Eternamente tuyo, Adal.
Y yo me había enfadado, sí, pero no por esa razón. él me había dicho que me escribiría cada día desde donde quiera que esté, y yo le respondería si él lo hacía. Pero pensé que nunca lo había hecho, pensé que al ver a esa Isabelle Le Mont se había olvidado de mi por completo y nunca le importé de verdad, pensé que había sido su pasatiempo. Pero al ver a mi madre recibir una carta del mensajero, todo cobró sentido. Ahí estaba la razón. Mi madre no quería que tomasen a su hija por ramera al estar carteándose con el príncipe del pueblo, así que había cogido todas y cada una de las cartas que Él me había enviado y las había escondido. Tuvo que contarme toda la verdad cuando me di cuenta, y... hoy era el día. Hoy era 12 de junio, y ya habían pasado de las doce, la hora punta en la que siempre nos encontrábamos. Por eso corría, mi amado me esperaba, siempre esperaba, no le había olvidado, siempre le había amado. Una vez llegué a aquel árbol a la salida del pueblo, todavía estaba lloviendo, por mis cabellos rebeldes pegados a mi cara, casi no podía ver nada, pero una voz me sacó de la confusión.
-¿Eva?-preguntó, lo reconocí al instante. Lentamente fui dándome la vuelta, para encontrar al ser más bello que habían visto mis ojos, el año que habíamos pasado separados parecía no haberle cambiado en absoluto, mas tenía un brillo especial en sus grises ojos, una madurez que antes no le había visto.
-Adal...-susurré casi en un sollozo. Mis pies actuaron por sí solos, me lancé a sus brazos.
-Eva, ¿ qué nos pasó?-dijo después de un silencio. Cogió entre sus manso mi rostro y me miró, estaba llorando al igual que yo, pero la lluvia lo camuflaba.- Te escribí siempre, cada día, ¿por qué no respondiste si prometiste hacerlo?
-Mi madre escondió esas cartas amado mío, ella no quiere que estemos juntos.
-Y yo pensando que me odiabas.
-Deliras, nunca podría odiarte, amándote como te amo.
Él no esperó más, me besó como si no hubiera mañana, nuestros labios se rozaron, nuestras lenguas se enredaron, todo un mar de sensaciones que hacía un año no había experimentado con nadie, sólo con él, mi vida, mi amor infinito.
-Te amo-me dijo.- Te amo mi vida.
-Pero no podemos estar juntos, tu te vas a casar, y mi familia está en contra de esto.
-¡Eso da igual! Vayámonos.
-¿Cómo dices?
-¡Sí! Vayámonos de estas tierras, vayámonos a algún lugar donde podamos partir de cero y empezar una nueva vida, tú, yo, y este amor tan grande que sentimos en nuestros corazones.
-Oh Adal...
Tuve que pensarlo, pero al final accedí. Adal me condujo hasta su caballo negro que estaba escondido entre la maleza del bosque. Me ayudó a montar en la parte delantera y él se montó detrás de mi. Agarró las riendas pasando los brazos por mi cintura y me apretó contra su pecho. Su calor me hacía falta.
-No sé lo que nos espera-dije temerosa.
-No debes temer, querida, lo que nos espera será lo que nosotros queramos que sea-me respondió.
Recosté mi cabeza en su pecho y él empezó a cabalgar, no muy rápido pero tampoco lento, con la velocidad justa para que al amanecer estuviéramos muy lejos del pueblo, lejos de nuestras antiguas vidas y juntos, solos él y yo, solos con nuestro amor.
