miércoles, 23 de noviembre de 2011

Never alone


¿Sabes esos momentos en los que te sientes vacía? Cuando vas a dar paseos sola y miras a tu alrededor para encontrarte con una pareja por allá, dos acaramelados por el otro lado, unos abrazados... Aquel chico que mira embobado a la chica que le gusta y viceversa.  Lo que provoca todo eso es que te sientas sola. Que veas que aun rodeada de mil personas, sientes como si fueses la única humana en el mundo, la única apesadumbrada que pasea sin ton ni son, sin rumbo alguno, sin dirección... Y luego llega él, pero tu no te das cuenta. Ese chico que te mira, te sonríe y del que tu pasas prácticamente, que en secreto se preocupa por ti, y que en un momento, cuando mas sola te sientes, te da su mano para que te aferres a él, totalmente dispuesto a ser tu apoyo cuando te sientas desfallecer. Dispuesto a cuidarte, a preocuparse por ti, a darte lo que necesites sólo porque sí.  Y entonces te entra la duda... ¿confiar como has confiado antes, o cerrarte y volver a tu cárcel de soledad? Yo me decidiría a lanzarme a la piscina, después de todo, nunca sabrás qué habría pasado si no lo intentas. ¿Y si resulta que es el amor de tu vida? ¿Y si no lo es?  Puede que pases años y años con él, o meses... o menos de un mes. Pero qué más da... ¿A caso no es eso de lo que va la vida? ¿De experiencias? Dentro de unos años puede ser tanto un bello recuerdo como tu ferviente presente. Sólo tienes que aventurarte, quitarte los miedos, e ir a la luz al final del túnel. 


Gracias ♥

martes, 6 de septiembre de 2011

Para siempre.




Al acabar de cenar, él siguió llevando el barco, pero a menos velocidad que antes. Yo fui a la proa y miré con una sonrisa el pico. Siempre había querido hacer eso. Me quité los zapatos y subí un poco a la barandilla, luego extendí los brazos y cerré los ojos, sintiendo el viento azotar mis cabellos con suavidad. Entonces sentí sus manos rodear mi cintura y sus labios besar con dulzura mi cuello. Sonreí y abrí los ojos: el crepúsculo estaba en todo su esplendor ante nosotros, y el mar en calma y amplio, tan libre y grande como me sentía yo ahora.

Me cogió por las caderas y me bajó de la barandilla, una vez en el suelo yo me giré. Él me cogió las manos con las suyas y las besó.

-He estado pensándolo mucho-me dijo-, y no me he equivocado con mi decisión.
-¿A qué te refi…?-me calló con uno de sus dedos sobre mi boca, y prosiguió.
-Sólo escucha-susurró-yo asentí, el tono de su voz mezclado con el sonido del mar me estremeció. Sus ojos verdes deslumbraban con la luz anaranjada de la puesta de sol, y yo no sabía qué quería decirme-. He pensado en todo lo que nos ha pasado. En tu ida, en lo que sentí cuando volví a verte ese día que casi sufrimos un accidente de coche-sonrió-, en los celos de cuando éramos adolescentes y nos negábamos que nos quisiéramos, en los intentos que hice para olvidarte y todos ellos en vano. En esa niña hermosa que compartimos, y en todo lo que te quiero. Y he decidido que quiero tenerte conmigo para siempre. Sólo contigo he conseguido ser feliz, y ahora te veo aquí, tan bella, y no me queda ninguna duda de que eres el amor de mi vida.
>>Sé que lo nuestro fue difícil desde el principio, pero yo estoy dispuesto a darte toda la felicidad que esté a mi alcance y más.- Mis ojos estaban llenos de lágrimas, y cuando hincó una rodilla en el suelo casi se me sale el corazón del pecho. Sacó una cajita roja de raso y la abrió, dejando ver un anillo de plata y diamantes precioso-. Y si tú me lo permites, yo estaré junto a ti cada mañana de tu vida para sacarte una sonrisa. ¿Quieres casarte conmigo?

lunes, 29 de agosto de 2011

Cierra los ojos



Baja lentamente tus párpados, hasta llegar a cerrarlos por completo y respira suave, lenta y profundamente. Ahora repasa tu vida, sí, toda tu vida, desde el principio hasta ahora. Desde esos y lúcidos recuerdos que tienes de cuando eras niño y jugabas con otros igual que tu, con tu papá o tu mamá. Tu primer día de colegio, esos seis años en los que lo único que te importaba era quedártela a la cogida y te sentías feliz siempre. Después el instituto,  que dio paso a la edad del pavo en la que nos encontramos aun millones y millones de adolescentes. La primera mirada a un chico que te gusta, el primer beso, la primera caricia que te eriza el vello, esas palabras tan bellas y dañinas que son un "te quiero...", e intentar averiguar cómo acaba la frase y saber si esa noche vas a llorar o no vas a poder dormir de felicidad. Son momentos y momentos de tu vida, que pasa, corre y vuela ante tus ojos, ¿y mientras qué haces? Hay muchas opciones. Echarla a perder, apechugar con lo que te pasa, dejarte llevar, luchar por que todo salga como tu deseas, ¿cuál es el problema? Que no podemos echarla a perder, si apechugamos nos jode, si nos dejamos llevar podemos acabar mal, y si luchamos por lo que deseamos, nada nos garantiza la perfección.


Hay errores que hemos cometido, actos que nos quedaron por hacer y que todavía deseamos realizar. Hay personas que pasan por nuestras vidas y nos hacen felices o nos matan de dolor para irse dejándonos un vacío que no podemos llenar. Hay cosas buenas, cosas malas y cosas que no son ni lo uno ni lo otro. Pero todo forma parte de lo que fuimos, somos y seremos. Lo que hay que hacer con la vida es vivirla, pasar por todo lo malo para aprender y por lo bueno para ser feliz aunque sea difícil. Después de todo, ¿Qué es la vida sin un poco de riesgo? Y recuerda, no hay nada mejor que cerrar los ojos, y pararte a pensar. 

martes, 2 de agosto de 2011

Más se perdió en la guerra


A veces extrañamos a esas personas que formaron parte de nuestra vida, pero que por una razón u otra, ya no están. No están porque simplemente se van, o porque ellos han decidido pasar de ti, e incluso porque te han reemplazado. ¿Cómo no echarlas de menos, si justamente ellas han formado parte de los momentos más importantes de tu vida? Luego te das cuenta de que eso ya no es así, de que los que en un tiempo te apoyaron y fueron tu bastón, ya no lo son, y eso entristece, eso mata. Oh, sí, mata y mucho. Duele en el alma perder a un amigo, porque después de todo, ellos son como una segunda familia y podemos llegar a quererlos tanto o más que a nuestros progenitores. Sin embargo, sean cuales sean las razones por las que esa amistad se ha roto, miras fotos, vídeos, cartas, recuerdos... Y te das cuenta de que en todas y cada una de esas memorias está ese ex amigo, y que no es tan fácil verlo por la calle, girar el rostro y hacer como si no existiera. Existe, fue parte de tu pasado y aunque cueste admitirlo, de tu presente. Piensas volver a lo de antes, a lo de antes de todo el lío. Puede que sea lo correcto, pero también puede que sea el error más grande de tu vida, sin embargo, hay que tenerlos bien puestos para arriesgarse a averiguarlo y salir bien parada, o peor de lo que estabas. ¿Qué puedes perder? ¿Un par de lágrimas? Más se perdió en la guerra, es lo único que tengo que decir. 

Última Oportunidad

Último capítulo, espero que os guste y comentéis :)



Capítulo 6. Huir

Las lágrimas de impotencia que derramaban los ojos de los chicos se mezclaban con las gotas de lluvia que corrían por sus rostros. Daniel sostuvo la mano de Mel para infundirle un valor que ni él mismo poseía, pero debía ser fuerte por los dos.

-Tenemos que irnos-murmuró lo más bajo que pudo en el oído de la rubia.

-No podemos irnos sin Josh.

-Si ha matado a Sharon ¿aun tienes la esperanza de que Josh siga vivo?-sus palabras eran duras, pero Mel sabía que eran ciertas y se negaba a aceptarlo aun.

-Entremos-le pidió-, busquémosle, y si no está pues nos iremos.

-Ni hablar-replicó rotundo el moreno, cogió el rostro de la chica entre sus manos y la miró a los ojos-, no pienso ponerte en peligro, exponerte a ese prototipo de lobo inmortal sería una muerte segura.

-Tengo que hacer algo por él-dijo ella con un hijo de voz.

Callaron al escuchar cómo unas pisadas se arrastraban en el interior de la casa, cada vez más cerca de su posición bajo el alféizar de la ventana. No se movieron un ápice. Las pisadas fueron alejándose poco a poco, ellos no perdieron más el tiempo. Daniel agarró la mano de Mel para llegar lejos de la casa, tras los coches. Maldijeron en voz baja al darse cuenta de que se habían dejado las llaves en la casa. Así que emprendieron una marcha ligera a pie, sin perder de vista los postes de electricidad que les habían llevado hasta ese maldito lugar.

Mel no podía dejar de pensar en su mejor amigo, sollozaba casi en silencio por tener que soportar su segura muerte. Se preguntaba si en realidad lo estaría, o si seguiría vivo aun allí dentro, quizás había conseguido escapar como ellos… ¿Había aprovechado el tiempo para decirle a Sharon todo lo que sentía por ella antes de que Darrel la matase? Mel sabía muy en su interior que cualquier positivismo en esa situación era en vano. Sabía que Josh había muerto. Sabía que Sharon también. Sabía que sólo quedaban ellos con vida. Miró a Daniel, cogió fuerzas. Si tenía algo por lo que vivir ahora era él. 

Mel aceleró el paso, quería alejarse lo antes posible de esa casa, y Daniel llegó a caminar a la par que ella. Él se sentía inútil y frustrado por no haber hecho nada por salvar a Sharon, porque aunque no estuviera enamorado de ella ni la quisiese siempre quedaba ese cariño, esa amistad, y él la había visto morir ante sus propios ojos. Él también lloraba, pero sin sollozar. De pronto, un chapoteo insistente varios metros tras ellos los sobresaltó. Giraron su torso a la vez que sus piernas se lanzaron a correr como si la vida se les fuera en ellos. Y es que así era.

Una bestia oscura iba a cuatro patas persiguiendo sus presas, no podía dejar que escapasen o sino su secreto sería descubierto y su venganza paralizada. Su propósito era acabar con los descendientes de aquellos malditos doctores, los responsables de lo que le llevaba pasando desde hacía tanto tiempo, los culpables de que tuviera que abandonar sus amigos, su familia, renunciar a su vida, sólo por tener un horrible secreto, sólo por ser un experimento fallido. Ahora que había acabado con la vida de esos dos niñatos, el chico y la chica, había degollado a la mujer rubia, sepultado los cuerpos de sus hijos en el jardín y apuñalado al marido escondido en el sótano, sólo le quedaban esos dos, y no iba a dejarlos escapar.

La respiración de los chicos se mezclaba con los rayos y truenos que inundaban la noche. Sus piernas iban lo más rápido que les era posible, y no tardaron en divisar el bosque, habían estado como media hora caminando a paso ligero sin pausa, y ahora tenían la oportunidad de despistar a la bestia entre los árboles. O también podría acabar con ellos más fácilmente. Mel y Daniel saltaron a la maleza y sin perderse de vista el uno del otro corrieron a los lados de los árboles, allí dentro no estaba todo tan mojado, más bien húmedo, el desagradable olor a tierra y plantas húmedas les impregnó los pulmones dificultando su respiración, las ramas se interponían en su camino, rasgándoles la ropa e incluso la piel, pequeños cortes superficiales que escocían.

Sin previo aviso se escuchó un quejido: Daniel e había caído al suelo, tropezando con las raíces de un árbol. Mel se detuvo.

-¡Vete!-le dijo-, ¡no voy a dejarte!

-¡Que te vayas, joder! ¡Yo iré detrás de ti!

Ella iba a protestar, pero prefirió callarse. Efectivamente él se levantó entonces Mel echó a correr. A los pocos segundos echó su vista atrás, y vio que no había nadie siguiéndola, vio que Daniel no iba detrás de ella. Y es que él estaba demasiado ocupado, abrumado, acongojado ante la imponente bestia negra de ojos rojos y enormes zarpas. Se escuchó un gruñido, el lobo se lanzó contra Daniel e intentó derribarlo, pero los reflejos del moreno le salvaron, él se hizo a un lado y la bestia cayó desplomada en el suelo. Se hizo con una rama, apretándola fuertemente entre sus manos para usarla como arma.

-Te has equivocado conmigo…-amenazó la voz del hombre que se escondía bajo esa apariencia lobuna, la voz de Darrel Witlock.

El que atacó fue Daniel, intentaba apartarlo del camino. Le dio con la gruesa rama en el hocico, el hombre volvió a rugir, esta vez más enfadado, lanzó una de sus zarpas hacia el cuello de él. Daniel vio en cámara lenta el filo brillante y fino de la uña, esta terminó por cortar casi al completo el tronco del árbol que había tras su espalda. Daniel se agachó, la rama se le había caído de las manos. Un peso repentino se posó en su muñeca, sintió un dolor punzante en esa parte de su cuerpo, luego giró sobre su cuerpo y le dio una patada en la barriga a Darrel, pero fue como pegarle a una pared.

La bestia no dejó que se levantase, se dedicó a pisarle el vientre, él se encogió en pose fetal ante el dolor, pero luego reaccionó, se levantó y le dio un puñetazo a Darrel con todas sus fuerzas; era tan duro que se hizo daño en los nudillos. La zarpa del animal volvió a la carga, y con ella un rasguño en el pecho que Daniel no pudo evitar por mucho que quiso. Gruñó de dolor, Darrel le observaba, regocijado por acabar con ese tipo que le había dado tantos problemas, ahora sólo le quedaría la chica aquella, claro estaba, antes de matarla pensaba divertirse con ella.

La garra se alzó tan grande y fuerte cuan ella era, preparada para dar la cortada final en la yugular, pero entonces Daniel observó cómo el bicho se paralizaba. La bestia estaba haciéndose más pequeña, cambiando de color y disminuyendo su oscuro pelaje, cambiándolo todo por simple piel al descubierto: había vuelto a su forma humana. La sangre salía a borbotones de su boca, desparramándose por el suelo. Cayó con un ruido sordo al suelo terroso, el moreno pudo ver a la perfección una navaja plateada de medio metro de largo clavada en la parte izquierda del cuerpo de Darrel, la reconoció al instante. 

Era la suya, la navaja que se desplegaba que había comprado hacía unos meses y que siempre llevaba encima. No sabía cómo Mel se había hecho con ella, ni cómo había conseguido clavársela a ese hombre. La rubia respiraba agitada, él iba por el mismo camino, pero se le sumaban los gemidos de dolor por la muñeca y la barriga. Mel llegó a la altura del chico y pasó sus brazos por los hombros de él, impactada por lo que acababa de hacer, asustada y llorando desconsoladamente por tantas emociones juntas.

-Shh…-murmuró Daniel después de un rato de estar así-, no llores, ya ha pasado.

-Cuando vi que no te tenía detrás…-dijo Mel con voz de pito por el llanto, sorbiéndose la nariz-, creí que moriría. Tuve que volver, no podía dejarte atrás.

-Has arriesgado tu vida…

-Lo sé.

-Ese tipo podría haberte matado en cualquier momento, bastaba con darse la vuelta y degollarte de un zarpazo-él cerró los ojos, alejando esa tenebrosa imagen de su mente-, y sin embargo has venido a salvarme.- Ella sonrió un poco-, gracias.

-¿En serio creías que después de lo que me ha costado aceptar que estoy enamorada de ti iba a dejarte así sin más?

-No esperaba menos de ti, pequeña valiente.

Mel besó con suavidad a Daniel, y luego se separaron, ella vio su camiseta manchada de sangre.

-Tenemos que salir de aquí y volver a la ciudad-dijo ella.

Pasó uno de los brazos de Daniel por sus hombros y emprendieron de nuevo la marcha, dejando el cuerpo de ese hombre atrás, allí tirado en medio del bosque. Tardaron lo suyo, vieron hasta cómo el tímido sol se filtraba entre las hojas de los árboles antes de poder llegar a ningún lugar en concreto, pero aun así no perdieron la esperanza ni las fuerzas, y siguieron caminando. El cruce apareció ante sus ojos, aquel cruce donde hacía unas horas se habían perdido, y siguieron el mismo camino que habían usado para llegar hasta la casa. 

Unas horas. Unas malditas horas que se habían convertido en un auténtico infierno para cuatro adolescentes de dieciocho y diecisiete años, dos de ellos habían acabado muertos. Un granjero recogió a Daniel y Me y los llevó al hospital más cercano, descubrieron que se encontraban más cerca del estado de Missouri que de Tennessee, allí los atendieron en urgencias, los médicos preguntaban sobre qué les había pasado, y sin amos coincidían en algo era en que no podían decir nada a nadie de lo que habían pasado. Llamaron a sus padres, ellos fueron a buscarles. Ninguno de ellos dos se libró del interrogatorio paterno, y por toda pregunta respondieron que lo que había tenido era un accidente de coche y que iba solos en sus vehículos.

Sabían que la bestia estaba muerta dentro de aquel bosque en los confines de Tennessee, y que no podría hacerles daño nunca más, pero algo muy en sus interiores les pedía que callasen, que no dijeran nada de que en esa casa había pasado aunque se murieran de ganas por hacerlo. Los días siguientes fueron como una nebulosa en la que a única escapatoria era ver a otro, porque después de lo que habían pasado Mel y Daniel se convirtieron en algo más que simples compañeros de pupitre y se unieron mucho más. Años después acabaron la universidad, y decidieron dar un paso más en su relación al casarse en una discreta boda. También se mudaron de Tennessee, fueron lejos hasta Colorado poniendo como excusa a su familia que querían independizarse del todo y prometiendo visitas en las vacaciones del trabajo.

Cada vez que Melanie y Daniel hacían el amor, ella veía la cicatriz que había quedado grabada en su pectoral derecho, allí depositaba un beso, como si fuera la cura a todo el sufrimiento que habían pasado hacía tiempo, pero suspiraban tranquilos recordando que Darrel ya no podía hacerles más daño del que ya les había hecho.

Lejos de Colorado, más concretamente en un sótano oculto en los confines de una casa en ruinas, alguien sonreía con malicia, observaba una gran pared frente a él, de más de tres metros de largo y dos de alto. Allí habían fotos, muchísimas fotos, y todas de la misma persona: una muchacha de grandes y llamativos ojos verdes a la que él perseguía sin pausa y de la que había perdido la pista. Pero no, no se rendiría, después de todo… ¿Quién es capaz de matar con una simple navaja desplegable a un inmortal?

viernes, 29 de julio de 2011

Última Oportunidad

Capítulo 5. La verdad al descubierto


-¿Qué haces?-dijo Mel con cierto mareo en su cabeza-, bájame al suelo, puedo andar.

-Estás en medio de un ataque de claustrofobia-le recordó el moreno-, lo mejor será que te relajes.

-Bájame… Tú tienes que seguir.

Él la dejó en el suelo, ella se sentó y respiró aceleradamente, y Daniel en vez de irse se agachó a su lado y tocó su rostro, descubrió una ligera capa de sudor cubriendo el cuerpo de la rubia, ella se balanceaba de adelante hacia atrás. Gracias a sus conocimientos en medicina dedujo que Mel tenía todos los síntomas de un ataque de claustrofobia. Cogió su rostro entre sus manos, ella sintió el frío del anillo del chico en su mejilla.

-Mírame, respira hondo-le pidió, en cuanto ella serenó su mirada y la clavó en sus ojos, prosiguió-, ahora ciérralos, piensa en algún lugar donde seas feliz. Piensa en esa persona especial. Piensa en algo que te relaje.

Ella le hizo caso, cerró los ojos e intentó pensar en algo que la sacase de tanta frustración. Odiaba esa maldita enfermedad, se había metido a ese túnel con la esperanza de poder salir de la casa al final del mismo, y en cambio lo que habían encontrado era una sala subterránea parecida a un laboratorio de algún científico loco. Procuró no pensar más en esas cosas y su mente viajó a días anteriores, justo cuando el profesor de Literatura les había mandado a cada uno a leer frente a toda la clase un fragmento de alguna obra literaria que les gustase.

Cuando llegó el turno de Daniel, Mel se puso rígida en su asiento y se dio cuenta de que mientras él recitaba tan hermosas palabras, la mirada solamente a ella. Le gustaba que la mirasen, pero con él era distinto, porque su penetrante mirada la ponía muy nerviosa. Daniel se alegró de que Mel hubiera dejado de jadear y se hubiera tranquilizado un poco más, aunque tenía mucha curiosidad sobre qué estaría pensando ella al ver una pequeña sonrisa surcar sus labios. Miró hacia el hueco del techo, preguntándose qué estaría pasando en la casa, esperaba que nada malo para Josh y Sharon. Se sentó con un gruñido de cansancio en el suelo, y sintió que el mismo bajo su trasero se movía.

Una de las baldosas estaba suelta. Se apartó y la quitó, al escuchar el ruido del mármol Melanie abrió los ojos y miró a su lado. Daniel había sacado unos papeles que estaban ya acartonados y amarillentos por el paso del tiempo y empezó a mirarlos con la linterna para intentar averiguar algo. Uno de ellos era una noticia de periódico, decía algo de que estaban buscando gente voluntaria para algo que no se veía muy bien por las letras borradas, pero también hablaban de una recompensa económica. Lo siguiente que leyeron consistía en una carta que podía verse casi al completo. 

Dirigida a un tal señor Boyle y sin remitente, parecía la dimisión de una persona a algún asunto turbio, el hombre remitente decía que no quería seguir, que sería horrible y que era una locura. Y los demás papeles hablaban de cosas sin sentido. 

-Dios mío… ¿un experimento?-dijo asustada Mel al leer una carta. La claustrofobia había desaparecido casi del todo, había conseguido distraerse con los papeles.

Más arriba, dos jóvenes enzarzaban sus lenguas en una lucha incesante, sus cuerpos acalorados se movían el uno sobre el otro, ella rozaba su sexo en el de él, ambos únicamente separados por las finas telas de sus ropas interiores. Él se sentía en la gloria, ansioso de que sucediese ya, ella ya había hecho esto muchas veces, pero ahora era distinto, porque alguien la acariciaba con amor. Cuando los labios de Josh bajaron por su garganta, ella sacó su miembro de sus calzoncillos, echó a un lado el tanga y metió poco a poco su miembro en su interior. La cara del moreno fue todo un poema.

Sus labios entreabiertos, sus ojos cerrados, disfrutando, sintiendo una nueva sensación, estremeciéndose ante lo que estaba pasando. Sentirla así era estupendo, maravilloso, mágico, especial… Indescriptible. Ella empezó a moverse de arriba abajo, poco a poco, despacio, mientras sus labios volvían a rozarse. Ella ahogó sus gemidos para que nadie les escuchase, y prosiguió con el acto. Las manos de Josh se posaron en las caderas de la muchacha, acompañándola en el movimiento. Al rato, una sensación de placer sin fin llenó sus cuerpos, y Sharon apoyó su cabeza ene l pecho del moreno.

-Ha sido increíble…-murmuró él después de besar la frente de ella. 

Ella no fue capaz de describirlo con una sola palabra. Después de eso se levantó rápidamente, el tiempo que les había dado George estaba al acabarse. Se recompusieron la ropa, cada uno estaba a un lado de la habitación, alejados, pensando, recapacitando los sucesos. Estaban en su lecho de muerte, claro que sí, pero habían sacado algo positivo. Se miraron un instante, y a los dos segundos estaban fundidos en un fuerte abrazo, ella con su cabeza apoyada en su pecho, él con la suya en su coronilla, ambos con ganas de llorar, y no pudieron soportarlo más. 

Lloraron en silencio y sin apartarse. Este sería su final, lo tenían asumido. Escucharon al puerta abrirse de golpe, pero no se giraron, les dio igual. 


-Qué enternecedor…-se mofó el hombre.- ¿Vais a decirme dónde están esos dos?-inquirió. Los chicos le miraron sin separarse, él con sus brazos alrededor de ella otorgándole protección.- Por última vez-pudieron ver cómo la vena de su cuello se hinchaba poco a poco-, ¿dónde están?

-No lo sabemos-dijo Josh con voz débil.

-No tenemos ni idea-corroboró al chica.

George estaba furioso. Respiraba con fuerza cuando se acercó a los adolescentes y agarró por el brazo al chico, intentando apartarlo de ella. Sharon se horrorizó, no quería que lo matasen a él.

-¡No!-gritó-, ¡No, mátame a mí!-vociferó con voz rota por el llanto aferrándose al brazo de Josh.

Él se sorprendió por la efusividad de la chica, pero sabía que ya no tenía escapatoria. George clavaba sus dedos en el brazo del muchacho con una fuerza sobrehumana, y en ese momento Josh se preguntó por qué tenía los ojos negros, pero rodeados por unos destellos rojos que atemorizarían hasta la fiera más peligrosa. ¿No sería humano? El hombre consiguió apartarlo de ella a pesar del forcejeo, y ya iba por la puerta cuando la miró, una lágrima resbaló por uno de sus ojos cuando articuló un "te quiero" con sus labios, tras de él al puerta se cerró con estruendo y Sharon se estampó contra ella. 

Le dio puñetazos, lloró, gritó, descargó su ira y desprecio contra la madera de la entrada, y se dejó resbalar hasta el suelo, destrozada de dolor. 

Daniel y Mel volvieron a andar, después de dejar las cartas y recortes de periódico en su sitio y con fuerzas renovadas por el descanso. Mel alumbró de pasada algo con la linterna, luego volvió atrás parando a Daniel por el brazo. Lo que había alumbrado parecía un pasadizo que ascendía, hecho de escalones de piedra, y que no muy lejos de donde se encontraban, terminaba en una puerta. Se miraron y sonrieron. Llegaron hasta la puerta y descubrieron que era muy antigua. Tuvieron que usar toda su fuerza para poder moverla, y cuando consiguieron desplazarla unos centímetros, se dieron cuenta de que había un candado oxidado muy grande impidiendo que se abriera más. 

-Mierda…-murmuró Mel-. Tiene que haber algo para abrir esto.

El chico llevó su mano al bolsillo trasero de su pantalón y sacó algo; una navaja. Se agachó y se puso a abrir el candado con el arma blanca. Pero por más que lo intentaba este no cedía.

-Es muy antiguo, me pregunto desde cuándo estará este laboratorio aquí abajo.

-Seguro que desde los años treinta o algo así…-sopesó la rubia.

Daniel se alejó un momento volvió en seguida con un pedrusco puntiagudo. Le dio varias veces al candado, pretendía romperlo. Su sorpresa fue que lo consiguió. Él y Mel se miraron aliviados, siguieron empujando la puerta y esta se abrió, por allí se sentía el viento correr. Doblaron la esquina del pasillo rocoso y se encontraron con una trampilla metros más arriba, de nuevo unas escaleras como las anteriores, pero la trampilla estaba puesta en el techo. 

-¿Has traído esa piedra?-preguntó Mel.

Daniel se adelantó y le dio de nuevo al candado que cerraba esta, pero esta cedió sin muchas complicaciones. Subieron hasta salir a la superficie, Mel respiró el aire húmedo, y sintió gotas de lluvia caer sobre su rostro y cuerpo, pero eso le importó bien poco. Se giró para saber de su paradero, descubriendo así que se hallaban a unos metros de la casa, ocultos tras la Hummer de la chica y el coche de Daniel. Al fin estaba fuera, ya no estaba encerrada, y podía respirar tranquila. Extendió los brazos y miró al cielo, sintiendo cómo su ropa se mojaba por la lluvia y sonriendo. Daniel la observaba desde su posición, apoyado en la furgoneta y con fascinación en la mirada. Estaba hermosa. Sí, preciosa a pesar de que el lápiz de ojos se le había corrido, hermosa sin importar que estuviera sucia de polvo.

Mel dejó de girar sobre sí misma para fijarse en el chico que estaba parado a unos metros de ella, con sus cabellos cayendo a ambos lados de su cara. Daniel tenía el pelo mojado, cayendo sobre sus claros ojos que la acechaban como dolorosos puñales azulados y penetrando en lo más profundo de su alma. Corrió hasta él sin pensar, arrojándose a sus brazos, él la rodeó con sus brazos, cargándola con las piernas enroscadas en su cuerpo, sus rostros más cerca de lo que nunca habían estado, sus labios ansiosos de probar los que nunca habían probado.

Y finalmente sucedió, pero no fue suave, sino desesperado. Sus lenguas se enredaron con pasión, sus labios se movieron de manera voraz y en sus mentes se nublaba la idea de que existiera nada más que la persona que estaban besando en el mundo. El beso duró largo rato, disfrutaron el contacto, pero sus pulmones les pedían un descanso y su dosis de oxígeno, muy a su pesar tuvieron que separar sus labios, pero no por eso sus rostros tenían que alejarse más de dos centímetros. 

-No sabes cuánto tiempo llevo deseando hacer esto-dijo Daniel. Mel solo pudo sonreír y volver a besarle con ansias y ardor.

Josh miró con horror, arrinconado en una esquina de la habitación, cómo el cuerpo de George se convulsionaba ante la puerta. La habitación a oscuras, la única luz erala del pasillo y le daban un aspecto más fantasmal. El cuerpo del hombre creció, y en menso de una fracción de segundo ya estaba ante Josh.

-¿Qué eres?-dijo temeroso el muchacho.

Porque lo que se encontraba ante él no era un hombre, no, para nada… Era algo más. Sus ojos ahora eran rojos como los de una bestia rabiosa, su piel se había cubierto de pelo oscuro como la noche, su rostro había cambiado a ser más afilado y sus manos y pies se asimilaban más a unas garras que a otra cosa. Su altura había crecido, ahora a Josh no el quedaba ninguna duda. Fuera lo que fuera, desde luego no era nada humano. La bestia dio un gruñido gutural, y Josh cerró los ojos justo a tiempo para que la cosa usase sus garras y le rajase la garganta como si estuviese cortando mantequilla con un cuchillo de mesa. Para Josh la ficción siempre había sido alucinante, pero al final de su vida se dio cuenta de que la realidad la supera con creces. 

Sharon estaba desesperada, por más que lo intentaba no podía salir de esa maldita habitación para salvar a Josh. Escuchó un grito desgarrador, saliendo de lo más profundo de su voz, de pronto se apagó. No se escuchaba nada. Intentó serenarse, pero lo primero que pasaba por su cabeza era pegarle porrazos y patadas a la puerta, como si eso fuera a solucionar algún problema. Fue hasta la ventana, si habían matado a Josh, ella tendría que escapar. No quería morir. Se encaramó a al ventana, y justo cuando consiguió abrirla y sentir la lluvia en su rostro, unas manos la agarraron por detrás y la introdujeron de nuevo en la habitación. Ella gritó y pataleó con fuerza, pero lo único que consiguió fue cansarse más.

George la llevó en volandas hasta el piso inferior, al salón. La depositó en el sillón. 

-Cálmate-le pidió el hombre unos minutos después.

Ella paró de berrear y le miró desconcertada y cabreada.

-¡Que me calme! ¡Tú, asqueroso hijo de Puta, acabas de matarle, eres un maldito asesino y encima quieres que me calme cuando estoy en una habitación encerrada contigo!-gritó furiosa, él permaneció inerte-. Vas a matarme, lo sé, ¡Pero al menos quiero una explicación! 

George se desternilló de risa unos momentos.

-Una explicación… ¿es que acaso estás en posición de pedir una? A mí me parece que no.

-¿Y qué más te da? ¡Vas a matarme igual!-dijo ella llorando-, me llevaré tu puto secreto a la tumba, ¿te parece suficiente?

Él suspiró y se repantigó en el sofá, con la pistola en su mano.

-De acuerdo… ¿Qué quieres saber?

-¿Quién coño eres?

-George.

-¿En serio te piensas que soy estúpida? ¡Quiero tu nombre real!

-Me llamo Darrel Witlock.

-¿Por qué has matado a esta gente?

-Esa respuesta es un poco más… extensa-dijo con una siniestra sonrisa en sus labios.

-Como comprenderás tengo todo el tiempo del mundo.

-Todo empezó en 1930. Mi mujer, mis hijos y yo estábamos pasando por un mal momento económico, y yo había oído hablar de que había unos científicos que pagaban muchísimo dinero por hacer de conejillo de indias por una cantidad enorme de dinero. Así que contacté con ellos, y me dijeron que tenía que ir a una dirección, allí me informarían. Me contaron que era una pequeña transmisión de ADN sin importancia, sólo para comprobar si pasaba lo mismo con los humanos que con los animales como las cobayas. Así que me ofrecí. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que pisé esta casa. Tenía cuarenta años, había dejado a mis hijos con mi mujer, prometiéndoles que volvería al día siguiente. Los doctores Collins y Boyle me recibieron con gran alegría, a mí y al resto de gente que se había ofrecido por tal cantidad de recompensa. 

>>Nos suministraron el ADN en el cuerpo, tendríamos que quedarnos durante diez horas en este lugar para ver si causaban los efectos esperados. Pero el experimento salió mal. Nada salió como los científicos esperaban, al menso no con nosotros, con los que experimentaron ese veinticuatro de Agosto de 1930. Nada tendría que haber salido como salió. Se suponía que los ADN de los lobos y los humanos no eran compatibles, que si los mezclaban nada sucedía, pero se equivocaban. Nos produjo una mutación hasta llegar a convertirnos en bestias durante unas horas, y luego volvíamos a nuestra apariencia normal. Se podría decir que somos hombres lobos, pero lo correcto sería llamarnos "aberraciones a la naturaleza". Así pues, ellos empezaron a matarnos, puesto que no les seríamos: éramos experimentos fallidos. Pero yo escapé. Huí sin saber muy bien lo que me sucedía, me escondía en los bosques para no dañar a nadie, porque al cambiar de aspecto no tenía consciencia de lo que hacía.

>>Había olvidado de dónde venía, había olvidado quién era por culpa de esos malditos científicos, pero cuando el tiempo pasó lo recordé, lo recordé todo. Volví a donde vivía para ver si ellos habían cumplido con su parte del trato, obviamente no iba a acercarme a mi familia, sólo miré de lejos. Y vi cómo desalojaban a mi mujer y mis niños de la casa. En ese momento sentí rabia e impotencia, pero decidí vengarme, decidí aprender a controlar esta rara enfermedad que me habían implantado y luego usarla en su contra-sonrió-, no es la primera vez que mato a alguien de su descendencia, guapísima… 

-Pe… pero…-Sharon estaba perpleja, y también lo estaban Mel y Daniel, que escuchaban bajo el alféizar de la ventana la increíble historia de Darrel Witlock-, si tenías cuarenta años en 1930, ahora deberías tener…

-121 años, sí. Se me había olvidado mencionar que también me dejaron congelado en el tiempo.

-¿Y por qué nos matas a nosotros?

-Porque nadie puede saber que he estado aquí… Absolutamente nadie puede enterarse de que sigo vivo, me matarían, y yo no voy a permitir eso… Tú tampoco.

Se alzó en pie, tiró la pistola hacia el sofá y Sharon vio ese destello rojo en sus ojos, luego vio la furia que se desataba desde el interior de Darrel, y poco después un grito se escuchó en los alrededores de la misteriosa casa, un lugar que ocultaba un gran secreto, muchas muertes y dos destinos por sellar: los de Mel y Daniel.