Capítulo 6. Huir
Las lágrimas de impotencia que derramaban los ojos de los chicos se mezclaban con las gotas de lluvia que corrían por sus rostros. Daniel sostuvo la mano de Mel para infundirle un valor que ni él mismo poseía, pero debía ser fuerte por los dos.
-Tenemos que irnos-murmuró lo más bajo que pudo en el oído de la rubia.
-No podemos irnos sin Josh.
-Si ha matado a Sharon ¿aun tienes la esperanza de que Josh siga vivo?-sus palabras eran duras, pero Mel sabía que eran ciertas y se negaba a aceptarlo aun.
-Entremos-le pidió-, busquémosle, y si no está pues nos iremos.
-Ni hablar-replicó rotundo el moreno, cogió el rostro de la chica entre sus manos y la miró a los ojos-, no pienso ponerte en peligro, exponerte a ese prototipo de lobo inmortal sería una muerte segura.
-Tengo que hacer algo por él-dijo ella con un hijo de voz.
Callaron al escuchar cómo unas pisadas se arrastraban en el interior de la casa, cada vez más cerca de su posición bajo el alféizar de la ventana. No se movieron un ápice. Las pisadas fueron alejándose poco a poco, ellos no perdieron más el tiempo. Daniel agarró la mano de Mel para llegar lejos de la casa, tras los coches. Maldijeron en voz baja al darse cuenta de que se habían dejado las llaves en la casa. Así que emprendieron una marcha ligera a pie, sin perder de vista los postes de electricidad que les habían llevado hasta ese maldito lugar.
Mel no podía dejar de pensar en su mejor amigo, sollozaba casi en silencio por tener que soportar su segura muerte. Se preguntaba si en realidad lo estaría, o si seguiría vivo aun allí dentro, quizás había conseguido escapar como ellos… ¿Había aprovechado el tiempo para decirle a Sharon todo lo que sentía por ella antes de que Darrel la matase? Mel sabía muy en su interior que cualquier positivismo en esa situación era en vano. Sabía que Josh había muerto. Sabía que Sharon también. Sabía que sólo quedaban ellos con vida. Miró a Daniel, cogió fuerzas. Si tenía algo por lo que vivir ahora era él.
Mel aceleró el paso, quería alejarse lo antes posible de esa casa, y Daniel llegó a caminar a la par que ella. Él se sentía inútil y frustrado por no haber hecho nada por salvar a Sharon, porque aunque no estuviera enamorado de ella ni la quisiese siempre quedaba ese cariño, esa amistad, y él la había visto morir ante sus propios ojos. Él también lloraba, pero sin sollozar. De pronto, un chapoteo insistente varios metros tras ellos los sobresaltó. Giraron su torso a la vez que sus piernas se lanzaron a correr como si la vida se les fuera en ellos. Y es que así era.
Una bestia oscura iba a cuatro patas persiguiendo sus presas, no podía dejar que escapasen o sino su secreto sería descubierto y su venganza paralizada. Su propósito era acabar con los descendientes de aquellos malditos doctores, los responsables de lo que le llevaba pasando desde hacía tanto tiempo, los culpables de que tuviera que abandonar sus amigos, su familia, renunciar a su vida, sólo por tener un horrible secreto, sólo por ser un experimento fallido. Ahora que había acabado con la vida de esos dos niñatos, el chico y la chica, había degollado a la mujer rubia, sepultado los cuerpos de sus hijos en el jardín y apuñalado al marido escondido en el sótano, sólo le quedaban esos dos, y no iba a dejarlos escapar.
La respiración de los chicos se mezclaba con los rayos y truenos que inundaban la noche. Sus piernas iban lo más rápido que les era posible, y no tardaron en divisar el bosque, habían estado como media hora caminando a paso ligero sin pausa, y ahora tenían la oportunidad de despistar a la bestia entre los árboles. O también podría acabar con ellos más fácilmente. Mel y Daniel saltaron a la maleza y sin perderse de vista el uno del otro corrieron a los lados de los árboles, allí dentro no estaba todo tan mojado, más bien húmedo, el desagradable olor a tierra y plantas húmedas les impregnó los pulmones dificultando su respiración, las ramas se interponían en su camino, rasgándoles la ropa e incluso la piel, pequeños cortes superficiales que escocían.
Sin previo aviso se escuchó un quejido: Daniel e había caído al suelo, tropezando con las raíces de un árbol. Mel se detuvo.
-¡Vete!-le dijo-, ¡no voy a dejarte!
-¡Que te vayas, joder! ¡Yo iré detrás de ti!
Ella iba a protestar, pero prefirió callarse. Efectivamente él se levantó entonces Mel echó a correr. A los pocos segundos echó su vista atrás, y vio que no había nadie siguiéndola, vio que Daniel no iba detrás de ella. Y es que él estaba demasiado ocupado, abrumado, acongojado ante la imponente bestia negra de ojos rojos y enormes zarpas. Se escuchó un gruñido, el lobo se lanzó contra Daniel e intentó derribarlo, pero los reflejos del moreno le salvaron, él se hizo a un lado y la bestia cayó desplomada en el suelo. Se hizo con una rama, apretándola fuertemente entre sus manos para usarla como arma.
-Te has equivocado conmigo…-amenazó la voz del hombre que se escondía bajo esa apariencia lobuna, la voz de Darrel Witlock.
El que atacó fue Daniel, intentaba apartarlo del camino. Le dio con la gruesa rama en el hocico, el hombre volvió a rugir, esta vez más enfadado, lanzó una de sus zarpas hacia el cuello de él. Daniel vio en cámara lenta el filo brillante y fino de la uña, esta terminó por cortar casi al completo el tronco del árbol que había tras su espalda. Daniel se agachó, la rama se le había caído de las manos. Un peso repentino se posó en su muñeca, sintió un dolor punzante en esa parte de su cuerpo, luego giró sobre su cuerpo y le dio una patada en la barriga a Darrel, pero fue como pegarle a una pared.
La bestia no dejó que se levantase, se dedicó a pisarle el vientre, él se encogió en pose fetal ante el dolor, pero luego reaccionó, se levantó y le dio un puñetazo a Darrel con todas sus fuerzas; era tan duro que se hizo daño en los nudillos. La zarpa del animal volvió a la carga, y con ella un rasguño en el pecho que Daniel no pudo evitar por mucho que quiso. Gruñó de dolor, Darrel le observaba, regocijado por acabar con ese tipo que le había dado tantos problemas, ahora sólo le quedaría la chica aquella, claro estaba, antes de matarla pensaba divertirse con ella.
La garra se alzó tan grande y fuerte cuan ella era, preparada para dar la cortada final en la yugular, pero entonces Daniel observó cómo el bicho se paralizaba. La bestia estaba haciéndose más pequeña, cambiando de color y disminuyendo su oscuro pelaje, cambiándolo todo por simple piel al descubierto: había vuelto a su forma humana. La sangre salía a borbotones de su boca, desparramándose por el suelo. Cayó con un ruido sordo al suelo terroso, el moreno pudo ver a la perfección una navaja plateada de medio metro de largo clavada en la parte izquierda del cuerpo de Darrel, la reconoció al instante.
Era la suya, la navaja que se desplegaba que había comprado hacía unos meses y que siempre llevaba encima. No sabía cómo Mel se había hecho con ella, ni cómo había conseguido clavársela a ese hombre. La rubia respiraba agitada, él iba por el mismo camino, pero se le sumaban los gemidos de dolor por la muñeca y la barriga. Mel llegó a la altura del chico y pasó sus brazos por los hombros de él, impactada por lo que acababa de hacer, asustada y llorando desconsoladamente por tantas emociones juntas.
-Shh…-murmuró Daniel después de un rato de estar así-, no llores, ya ha pasado.
-Cuando vi que no te tenía detrás…-dijo Mel con voz de pito por el llanto, sorbiéndose la nariz-, creí que moriría. Tuve que volver, no podía dejarte atrás.
-Has arriesgado tu vida…
-Lo sé.
-Ese tipo podría haberte matado en cualquier momento, bastaba con darse la vuelta y degollarte de un zarpazo-él cerró los ojos, alejando esa tenebrosa imagen de su mente-, y sin embargo has venido a salvarme.- Ella sonrió un poco-, gracias.
-¿En serio creías que después de lo que me ha costado aceptar que estoy enamorada de ti iba a dejarte así sin más?
-No esperaba menos de ti, pequeña valiente.
Mel besó con suavidad a Daniel, y luego se separaron, ella vio su camiseta manchada de sangre.
-Tenemos que salir de aquí y volver a la ciudad-dijo ella.
Pasó uno de los brazos de Daniel por sus hombros y emprendieron de nuevo la marcha, dejando el cuerpo de ese hombre atrás, allí tirado en medio del bosque. Tardaron lo suyo, vieron hasta cómo el tímido sol se filtraba entre las hojas de los árboles antes de poder llegar a ningún lugar en concreto, pero aun así no perdieron la esperanza ni las fuerzas, y siguieron caminando. El cruce apareció ante sus ojos, aquel cruce donde hacía unas horas se habían perdido, y siguieron el mismo camino que habían usado para llegar hasta la casa.
Unas horas. Unas malditas horas que se habían convertido en un auténtico infierno para cuatro adolescentes de dieciocho y diecisiete años, dos de ellos habían acabado muertos. Un granjero recogió a Daniel y Me y los llevó al hospital más cercano, descubrieron que se encontraban más cerca del estado de Missouri que de Tennessee, allí los atendieron en urgencias, los médicos preguntaban sobre qué les había pasado, y sin amos coincidían en algo era en que no podían decir nada a nadie de lo que habían pasado. Llamaron a sus padres, ellos fueron a buscarles. Ninguno de ellos dos se libró del interrogatorio paterno, y por toda pregunta respondieron que lo que había tenido era un accidente de coche y que iba solos en sus vehículos.
Sabían que la bestia estaba muerta dentro de aquel bosque en los confines de Tennessee, y que no podría hacerles daño nunca más, pero algo muy en sus interiores les pedía que callasen, que no dijeran nada de que en esa casa había pasado aunque se murieran de ganas por hacerlo. Los días siguientes fueron como una nebulosa en la que a única escapatoria era ver a otro, porque después de lo que habían pasado Mel y Daniel se convirtieron en algo más que simples compañeros de pupitre y se unieron mucho más. Años después acabaron la universidad, y decidieron dar un paso más en su relación al casarse en una discreta boda. También se mudaron de Tennessee, fueron lejos hasta Colorado poniendo como excusa a su familia que querían independizarse del todo y prometiendo visitas en las vacaciones del trabajo.
Cada vez que Melanie y Daniel hacían el amor, ella veía la cicatriz que había quedado grabada en su pectoral derecho, allí depositaba un beso, como si fuera la cura a todo el sufrimiento que habían pasado hacía tiempo, pero suspiraban tranquilos recordando que Darrel ya no podía hacerles más daño del que ya les había hecho.
Lejos de Colorado, más concretamente en un sótano oculto en los confines de una casa en ruinas, alguien sonreía con malicia, observaba una gran pared frente a él, de más de tres metros de largo y dos de alto. Allí habían fotos, muchísimas fotos, y todas de la misma persona: una muchacha de grandes y llamativos ojos verdes a la que él perseguía sin pausa y de la que había perdido la pista. Pero no, no se rendiría, después de todo… ¿Quién es capaz de matar con una simple navaja desplegable a un inmortal?
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